Cierto lo que dicen, no se puede ser mexicano sin querer a Cuba y no se puede nacer en esta esquina sin mal entender el resto de ellas.
Ahora que acaba este 2010 me puse a recordar lo triste de ver a personas atoradas en el mismo ciclo vicio año tras año. Las mujeres con el mismo hombre que aman, desaman, sonríen y lloran. Los hombres ni se digan, somos peores.
No es la poesía ni la trova lo que me provoca lagrimas, es lo roto que hay entre cada palabra.
He determinado que uno no olvida no porque no pueda o por qué no quiera. Uno no olvida por flojo, prefiere vivir en lo cómodo del dolor que en el riesgo de la felicidad.
Llega una etapa en la vida de toda persona que aprende su experiencia y entiende lo fácil que es nadar en el mar, gritar en un concierto, o cantar bajo un balcón.
Otra idea que no deja de rondar por mi cabeza en este final del 2010 es lo fácil que puede llegar a ser las cosas cuando nos dejamos de poner pretextos. Una vez quitado todo ese miedo o ideas tontas que estorban todo fluye natural.
Vivo en una ciudad que hace mucho se la llevo el carajo, se volvió una mierda, es indefendible, pero es mi ciudad y la quiero y estoy orgulloso de lo poco o mucho bueno de ella. La llevo en el corazón es parte de quien soy. También es culpable de mi versión del mundo.
La última lección que quiero compartir y que fue aprendida en estos meses es la siguiente: Nadie es inocente, todo mundo sabe lo que hace, y las consecuencias de lo que hace. Prefieren engañarse describiendo como inocencia lo que en realidad es egoísmo. Existe una mayoría de corazones interesados y una minoría que sabe amar, triste, pero verdad.
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