Hoy paso mi tarde sentado en la banca del parque. Desde aquí veo a los hombres y mujeres que corren con objetivos de salud, personas que pasean a sus perros. Veo mujeres de todos tipos, altas, bajas, güeras, morenas, etc. Todas hermosas, esta área de la ciudad es una área privilegiada para hombres solteros como yo.
Bueno al menos así parece a primera instancia, sin embargo, en medio de tanta mujer hermosa ninguna alcanza a compararse con aquella bella mujer que hace meses no veo. Su nombre Rebeca, mujer alta y blanca, de pelo negro rebelde que proyecta sus ideas y me invita a tomarlo con fuerza. Delgada, con unas piernas firmes y perfectas, capaces no solo de volverse tijeras que bien podrían cortar cualquier corazón si no también de volverse un abrazo y llevarte a un mundo que solo ella puede inventar. Sus pies pequeños y delicados, mantienen con firmeza un cuerpo inigualable y exacto. Caderas discretas que sirven de carnada para cualquier lobo que desea cazar. Un espalda que alberga mis manos, capaz de contener todas mis fantasías y lo suficientemente fuerte como para sostener un busto que me invita a pecar, que me lleva a lo más primitivo de mí ser y me hace perder toda razón. Por último una cara que podría jurar fue hecha a mano por dios mismo, labios sabor frambuesa que me obligan a morderlos, una nariz que me gustaría fuera encajada en mi cuello y unos ojos negros y misteriosos que sin palabras me adelantan las historias más eróticas de mi vida.
Podría pasar el resto de mi vida sentado aquí, viendo todas las posibilidades del ahorita, sin embargo, se que nada de eso se compara con la sensación de sus dientes encajadas con fuerza sobre mi hombro o la seguridad de despertar en sus pechos a media madrugada.
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